Moriré, pero mi memoria sobrevivirá, de Henning Mankell

Moriré, pero mi memoria sobrevivirá es, sin duda, el libro más crítico de una sociedad indolente que he leído de Henning Mankell. El escritor sueco era un feroz denunciante de lo que él llamaba “males innecesarios“. Sostenía que la gran mayoría de los problemas a los que se enfrenta la humanidad: pobreza, analfabetismo, hambre, etcétera; son innecesarios, evitables, que la única razón por la que no han sido erradicados es simple y llanamente porque no hemos querido.

Mankell vuelca esa convicción en el ensayo que ahora reseño. El activismo de Mankell se hace patente en sus novelas, de las que he leído varias ya, y era evidente para cualquiera que conociera su vida cotidiana: pasaba la mitad del año en África, dirigiendo un teatro local y conviviendo de cerca con las personas y las carencias, temores y dificultades a las que se veían expuestas todos los días. Sin embargo, creo que es este texto el que más agudo resulta al criticar los males innecesarios y al denunciar la parsimonia y falta de interés de un mundo a quien no interesan los menos afortunados.

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El gato al que le gustaba la lluvia, de Henning Mankell

A Lukas le regalan un gatito negro —con la punta de la cola blanca— por su cumpleaños número seis. Pronto se encariña con el felino y aprende a convivir con él, a servirle comida en su platito cuando tiene hambre, a reconocer los lugares donde acostumbra esconderse. El diálogo interno de Lukas da cuenta del amor que el niño comienza a sentir por su nueva mascota, con quien duerme cara a cara. “Te tengo a ti”, dice Lukas a su gatito.

Un día, el gatito desaparece.

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La madre del metro y otros cuentos, de Óscar de la Borbolla

Óscar de la Borbolla se ha convertido en uno de mis autores contemporáneos favoritos por su estilo socarrón, la habilidad técnica con la que entremezcla lenguaje llano y culto, la rebeldía intelectual con la que enfrenta dogmas y prejuicios. Recientemente leí su librito de relatos La madre del metro y otros cuentos, integrado por La madre del metro, La infancia interminable y Manual de lujuria.

Este librito, que es más bien un folleto, se lee en menos de una hora y, por supuesto, se disfruta demasiado.

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¿Deben ser fieles las adaptaciones cinematográficas de obras literarias?

Long story short:
No.

¡Esa película es un libro!

Cuando era pequeño y estaba adentrándome en el mundo literario, descubrí un hecho que me asombró: las películas (gran parte de ellas) estaban basadas en libros. Sucedía que, tras ver una película, me enteraba que estaba basada en alguna novela. Ocurrió con cintas como Jurassic Park, El planeta del tesoro, la saga de Harry Potter y la de Las crónicas de Narnia, El señor de los anillos, entre muchas otras. Esta revelación en seguida fue complementada con otra.

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Caminar, de Henry David Thoreau

Amo caminar.

Me encanta dar largos paseos sin aparente rumbo fijo, disfrutando de la ciudad, de sus calles, su gente, su arquitectura, sus sonidos. En muchas ocasiones, cuando tengo algo de tiempo libre, tuerzo mis rutas habituales, diseñadas con base en la eficiencia y la rapidez, y encamino mis pasos hacia zonas de la ciudad de las que disfruto mucho. Coyoacán, Chapultepec, Ciudad Universitaria, el centro histérico histórico de la ciudad: el Palacio de Bellas Artes, el Zócalo y la Catedral, la Biblioteca Vasconcelos, entre otros; son todos sitios que amo y hacia los cuales, invariablemente, me dirijo en mi deambular.

Caminar me ayuda mucho a darle cierto orden y sentido a las cavilaciones que suelen abrumarme. En no pocas ocasiones siento el pensar como un enorme zumbido, como si mis pensamientos devinieran en diminutos mosquitos que revolotearan dentro de mi cabeza. Al caminar siento como un alivio, como si el ejercicio mecánico de colocar un pie delante del otro y de recorrer una ruta (aunque no de forma consciente) me permitieran trasladar ese rumbo a mi mente y así encauzar mis razonamientos.

Una característica de estos paseos es que suelen ser extensos. Si he de llegar a algún sitio valoro si me es posible llegar caminando; en caso afirmativo, me pongo en marcha. Estas excursiones, en promedio, me toman entre una hora y media y dos horas a buen paso. La caminata más larga que he dado fue en septiembre de 2019. Llegué a Ciudad Universitaria, al sur de la Ciudad de México, tras recorrer poco más de 22 kilómetros, en poco más de 4 horas. Terminé con los pies destrozados y con una enorme satisfacción en el pecho.

En medio de la pandemia no me es posible caminar de la misma manera que antes, por razones obvias. Prácticamente no salgo de casa. Si tuviera que elegir una sola cosa que extraño de la época pre-pandemia, sería caminar.

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