Sueños recurrentes II: Ratas

Las ratas se han ganado un lugar entre mis sueños recurrentes debido a esa tenacidad con la que invaden e infestan mis sueños. De manera análoga a las Casas de Terror, las Ratas tienen ciertos elementos que permanecen constantes a través de sus diferentes expresiones: habitaciones grandes, oscuras y abandonadas; una sensación de soledad asfixiante; suciedad por todas partes; la impresión demente de estar en una suerte de panóptico pavoroso; y, por supuesto, ratas: cientos y cientos de ratas.

Desconozco el origen de estos sueños. No tengo una aversión especial a las ratas, más allá de las ganas de pisotearlas cuando las veo, ni miedo o fobia hacia ellas, más allá del susto que me dan cuando saltan de repente de un rincón cual jumpscare. Creo que el germen más probable para este tema onírico es el cuento de H. P. Lovecraft titulado Las ratas en las paredes. Lo leí hace ya algunos años y recuerdo que me impresionó vivamente, a pesar de que en mi memoria la trama se ha difuminado con las nieblas del tiempo.

Otro posible origen de estos sueños es una de las escenas de la película Coraline.

[Destripe a continuación] Cuando Coraline visita al Otro Señor Bobinsky para obtener el tercer y último ojo perdido, nota que algo no anda bien. Bobinsky se mueve de una manera extraña y furtiva, su voz es pastosa, como de borracho, articula muy mal las palabras. No tiene rostro y su cuerpo se contorsiona de maneras extrañas, incluso para un acróbata. Bultos extraños se mueven bajo sus ropas. Al final se revela que en realidad el Otro Bobinsky no es más que una marioneta controlada por decenas de ratas. [Fin del destripe]

Bobinski
Not even that, anymore…
Sin título
Las ratas que conformaban a Bobinsky saliendo de entre las ropas

Esta escena me parece fabulosa, tanto para la película como para ilustrar de alguna manera mis sueños con Ratas. En ellos las ratas no me atacan, se limitan a observarme y a huir en todas direcciones. Caen encima de mí, entorpecen el paso,  sus chillidos taladran mis oídos. Salen de los rincones más absurdos, sé que están ahí, muchas veces soy incapaz de verlas. Incluso llego a percibir sus movimientos debajo de las cosas. No puedo decir que deteste a las Ratas. En realidad, encuentro muy curiosos y divertidos esos sueños. Intento aplastarlas, patearlas, azotarlas,  siempre encuentran la manera de huir, las muy canijas.

Las Ratas me dejan una sensación ambigua al despertar. Ni asustado, ni feliz, ni asqueado. Me siento raro, como si algo hubiera perdido durante la noche. Como si las Ratas me hubieran robado algo.

Soy un escéptico y suelo tomarme mis sueños como lo que son: sueños. No intento ni deseo darles un significado especial, ni creo en las palabras de aquellos que tratan de dar explicaciones a estos fenómenos. Yo me limito a disfrutar, como si de una película se tratara, como si estuviera en primera fila en el cine.

Quizás aunque en sí las Ratas no me causen miedo, sí hay algo de macabro en este tema onírico. Durante siglos las ratas han sido símbolo (por lo menos en el mundo occidental) de miseria, hambre, plaga, enfermedad, muerte. Ciertamente hay algo de pavoroso en sentirse observado por cientos de esos seres, como a la expectativa, de alguna manera es más amenazador que ver buitres volando sobre tu cabeza. De ahí la ambigüedad al despertar, pues el sueño no me da miedo en sí, pero tampoco es que haya soñado con ponis.

Sea como sea, las Ratas han llegado para quedarse. Al menos durante un tiempo. Quizás si no encuentran comida entre mis sinapsis, terminen devorándose unas a otras.

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