Palabra de la semana: «antonomasia»

Esta es una de las palabras que más me gustan, particularmente por la locución adverbial que se forma con ella.

antonomasia

  1. f. Ret. Sinécdoque consistente en emplear un nombre apelativo en lugar de uno propio, como en el Filósofo por Aristóteles.

por antonomasia

  1. loc. adv. Denota que a una persona o cosa le conviene el nombre apelativo con que se la designa, por ser, entre todas las de su clase, la más importante, conocida o característica.

Es decir, se sustituye el nombre propio del objeto nombrado por una expresión que se obtiene a partir de una característica, no necesariamente privativa, del objeto en cuestión. Por ejemplo, a la Ciudad de México también se le conoce como La Ciudad de los Palacios, esto es una antonomasia.

En algunos círculos de aficionados a la obra de J. R. R. Tolkien, autor de El Señor de los Anillos y el Silmarillion, al escritor se le conoce como El Profesor. He ahí otra antonomasia.

Desconocemos el nombre verdadero del asesino serial que asoló Inglaterra a finales del siglo XIX, quien ahora es conocido como Jack El Destripador, debido a su inconfundible «marca» de remover las vísceras de los cadáveres de sus víctimas.

Ya me entienden.

Las antonomasias nos rodean y es bueno saber que así se llaman.

Palabra de la semana: «tirabuzón»

Estoy familiarizado con esta palabra debido a que suele aparecer en las traducciones españolas de las obras clásicas que he leído. No la he visto en otro contexto, ni en las —mal llamadas— redes sociales, ni en el uso cotidiano de la lengua oral o escrita. Jamás he escuchado a alguien describir a una persona empleando «tirabuzón». A mí me resulta un poco sosa la palabra, peca de cacofonía a mi parecer.

tirabuzón

  1. m. Rizo de cabello, largo y pendiente en espiral.
  2. m. sacacorchos

Tampoco me gusta el aspecto de los tirabuzones, dicho sea de paso. Aunque esta palabra no me parece particularmente llamativa, la he leído en tantos lugares que creo merece ser mencionada. Así sucede, hay palabras que no nos gustan y que resultan útiles, a su manera. Por lo pronto yo espero no conocer a alguien con tirabuzones y así me ahorro la consecuente descripción.

Referencia

Real Academia Española. (s. f.). Tirabuzón. En Diccionario de la lengua española (versión electrónica de la 23.a ed.). Recuperado de este enlace


Afónico al hablar

Dar las cosas por sentado. Es algo que hacemos todos los días: construir con suspiros  enormes catedrales sin cimientos para encerrarnos dentro de ellas y que al hablar solamente nos responda el débil eco de nuestra propia voz distorsionada por la arquitectura de aparente piedra fría.

Al final, inevitablemente, las voces del exterior terminan penetrando los inexistentes muros de nuestra catedral y, sin necesidad de derrumbar nada, llegan a reverberar en nuestros oídos. Son nuestros oídos como esa catedral que hemos construido. Es nuestra boca como esa catedral. La voz que emitimos no es más que una voluta de sonido afónico condenada a no abandonar la meta-catedral que hemos erigido en nosotros mismos. La existencia es demasiado brillante.

Todo empieza cuando decidimos que nuestra realidad es eterna y no etérea. Tenemos la ocurrencia de que quizás aquello que hemos visto derrumbarse en otros una y otra vez en nuestro caso será perenne. Se nos olvida que nuestra propia mortalidad es el contraejemplo por antonomasia a la tesis de la eternidad.

Un día nos encontramos libando los dulces licores que destila la nave central de la catedral, paladeando con los ojos cerrados, sintiendo como el alcohol nos calienta hasta la última fibra de nuestro ser, cuando abrimos los ojos y vemos ante nosotros arena helada. Es el momento en que caemos en la cuenta que nuestra catedral subsistió mientras la dábamos por sentada y que ahora ya no está. No es que se haya derrumbado, pues algo que nunca estuvo no puede derrumbarse.

Varias catedrales han desaparecido durante el transcurso de este año. Me pregunto en cuál estaré encerrado ahora sin darme cuenta.

Palabra de la semana: «pingüe»

Estoy seguro que esta palabra la leí en la Ilíada, la Odisea o la Eneida. Tengo un tomo que incluye esas tres obras, resumidas e ilustradas, el cual leí en numerosas ocasiones cuando era niño.

pingüe

  1. adj. Craso, gordo, mantecoso.
  2. adj. Abundante, copioso, fértil.

Esta palabra evoca sabrosura. Quizás porque la asocio al contexto de un banquete: es casi seguro que el pasaje de la obra donde aprendí este término haya sido uno relativo a una gran comilona, con abundante carne de jabalí o venado. Carne pingüe, pues. Nada más de leerla se me antojan unos tacos bien grasosos.


Referencia

Real Academia Española. (s. f.). Pingüe. En Diccionario de la lengua española (versión electrónica de la 23.a ed.). Recuperado de este enlace

Sobre bloqueos, euforia y dolores de cabeza navideños

En no pocas ocasiones me resulta complicado discernir en qué estado de ánimo me encuentro. Hoy en la mañana, por ejemplo, me sentía como un buitre en época de sequía. De alguna forma eso es alentador, mas resulta por lo menos curioso notar la naturaleza fúnebre de la analogía. Me puse a reflexionar sobre el asunto y noté que tanto más lo hacía, tanto menos me sentía como un ave carroñera en temporada seca y más como una conversación en un estadio.

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