Moriré, pero mi memoria sobrevivirá, de Henning Mankell

Moriré, pero mi memoria sobrevivirá es, sin duda, el libro más crítico de una sociedad indolente que he leído de Henning Mankell. El escritor sueco era un feroz denunciante de lo que él llamaba “males innecesarios“. Sostenía que la gran mayoría de los problemas a los que se enfrenta la humanidad: pobreza, analfabetismo, hambre, etcétera; son innecesarios, evitables, que la única razón por la que no han sido erradicados es simple y llanamente porque no hemos querido.

Mankell vuelca esa convicción en el ensayo que ahora reseño. El activismo de Mankell se hace patente en sus novelas, de las que he leído varias ya, y era evidente para cualquiera que conociera su vida cotidiana: pasaba la mitad del año en África, dirigiendo un teatro local y conviviendo de cerca con las personas y las carencias, temores y dificultades a las que se veían expuestas todos los días. Sin embargo, creo que es este texto el que más agudo resulta al criticar los males innecesarios y al denunciar la parsimonia y falta de interés de un mundo a quien no interesan los menos afortunados.

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