Moriré, pero mi memoria sobrevivirá, de Henning Mankell

Moriré, pero mi memoria sobrevivirá es, sin duda, el libro más crítico de una sociedad indolente que he leído de Henning Mankell. El escritor sueco era un feroz denunciante de lo que él llamaba “males innecesarios“. Sostenía que la gran mayoría de los problemas a los que se enfrenta la humanidad: pobreza, analfabetismo, hambre, etcétera; son innecesarios, evitables, que la única razón por la que no han sido erradicados es simple y llanamente porque no hemos querido.

Mankell vuelca esa convicción en el ensayo que ahora reseño. El activismo de Mankell se hace patente en sus novelas, de las que he leído varias ya, y era evidente para cualquiera que conociera su vida cotidiana: pasaba la mitad del año en África, dirigiendo un teatro local y conviviendo de cerca con las personas y las carencias, temores y dificultades a las que se veían expuestas todos los días. Sin embargo, creo que es este texto el que más agudo resulta al criticar los males innecesarios y al denunciar la parsimonia y falta de interés de un mundo a quien no interesan los menos afortunados.

Dos pandemias

La pandemia de COVID-19 no es únicamente sanitaria. También afecta a los medios. En este momento, hablar de enfermedad es hablar de COVID-19. Hablar de virus es hablar de SARS-CoV-2. Cuando hablamos de síntomas nos referimos, indudablemente, a los provocados por esta enfermedad. El COVID-19 es, hoy, la enfermedad por antonomasia.

Olvidamos que existen otros virus, otras pandemias. No se han ido; algunas de ellas se han desarrollado durante décadas. Es el caso de la pandemia provocada por el VIH, que azota principalmente al África subsahariana. No es ningún secreto que a lo largo de la historia el continente africano ha sido menospreciado y ultrajado a niveles abyectos. La pandemia de sida lo pone de manifiesto: pareciera que millones de africanos deben morir únicamente porque a nadie le importa. Al mundo no le importa.

“Mi deber es reaccionar”

Henning Mankell se levanta contra esa idea. Aunque Mankell murió en 2015, varios años antes del inicio de la pandemia de COVID-19, dedicó años de su vida a denunciar las injusticias que padecen los africanos, entre ellas una de especial indignación: morir de sida.

Dos enfermos de sida: un europeo y un africano. El primero tiene acceso a un buen sistema de salud, a medicamentos antirretrovirales, a analgésicos: el diagnóstico de sida ya no significa necesariamente una sentencia. El segundo no tiene nada, excepto la muerte. En algún momento lo alcanzará, más pronto que tarde, seguramente en medio de indecibles dolores. ¿Cómo es posible que permitamos esto?, cuestiona Mankell.

Sin duda, la avaricia y la falta de humanidad dirán mucho de nuestro tiempo. Y de lo que permitimos que ocurriese. Y de cuántos millones de personas tuvieron que morir hasta que, mediante la confiscación de licencias o patentes u otros medios, los más pobres tuvieron acceso a los fármacos.

Henning Mankell

Libros de recuerdos

Henning Mankell propone reconocer y rescatar la dignidad de los africanos enfermos de sida por medio de un instrumento que él denomina libros de recuerdos. La idea, como menciona él mismo, no es suya. Consiste básicamente en que el enfermo escriba en cuadernos la historia de su vida, muchas veces se acompaña el texto con imágenes, fotografías, flores secas, garabatos, huellas, incluso mariposas. Hubo alguno que pegó con cinta adhesiva granos de arena en su libro de recuerdos.

Una persona se define a través de sus detalles y los libros de recuerdos son depositarios de los mismos.

Y es eso lo que más me conmovió del texto. Imaginar a las personas dedicando sus buenas horas —aquellas en las que no están postrados por el dolor físico de la enfermedad— a compilar sus recuerdos en frágiles cuadernos, con la intención de heredarlos a sus hijos, nietos, hermanos. A quienes les sobrevivan.

La idea de escribir para los deudos es una que me llama la atención. La encontré de nuevo en este ensayo, ahora con un cariz distinto, quizás más triste aún. El de la muerte prematura, pero evitable. El de la muerte de alguien joven, con familia, sin que hubiera necesidad o justificación para ello. No estamos en el siglo XV. Muchas de las muertes pueden ser evitadas. No lo son, sin embargo, y mientras la denuncia de tal atrocidad continúa, es necesario recordar a quienes sucumbieron ante el sida. Recordarlos con sus propias palabras, dibujos, fotografías. El olvido es la segunda muerte.

La indignación como motor

Moriré, pero mi memoria sobrevivirá es un texto de indignación. Un ensayo que clama de impotencia frente a la enorme injusticia que es dejar morir a unos simplemente por haber nacido en la pobreza. Es un reclamo, un llamado de atención, un recordatorio de la dignidad de las personas. A la par que denuncia la inacción de quienes tienen el poder de cambiar el destino de millones de africanos condenados a morir de sida, nos recuerda que no son millones, son personas. Seres humanos. Padres, madres, hijos, historias, sonrisas, llantos, ilusiones. No los abandonemos. Mientras menos libros de recuerdos sean escritos por no ser necesarios, mejor.

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