Nada es para tanto y Todo está permitido, de Óscar de la Borbolla

Las novelas que dan título a esta entrada conforman una dualidad indisoluble. Aunque distintas en trama y personajes, las mismas líneas de pensamiento y los mismos temas las permean y les dan forma y sentido. Son historias con un alto contenido sexual: hubo momentos en los que temí encontrarme con que una de las páginas se había endurecido tras recibir semejante cantidad de semen entre sus párrafos, o peor: que tras dar vuelta a la hoja, la siguiente estuviera aún húmeda tras el encuentro carnal de los personajes.

Bajo la capa sexual, bajo todo ese entramado de muslos y piernas, brazos desnudos, tetas colgantes, falos erectos, culos horadados y vaginas enrojecidas; bajo los litros y litros de fluidos que barnizan los cuerpos, aplicados por habilidosas lenguas como brochas, que van regando de aquí para allá la mescolanza surgida de penes y vulvas y que llegan al último centímetro cuadrado de piel; bajo todo eso yace un reclamo, un grito que demanda identidad y libertad, una consigna que exclama “yo soy” y “yo quiero”.

Elegí hablar en la misma entrada de Nada es para tanto y Todo está permitido porque, como dije en el primer párrafo, forman una dupla, porque leí una tras otra y porque la edición que tengo de ambas novelas es una que las conjunta en el mismo libro. En esta entrada contaré un poco de qué tratan, por qué se parecen, en qué son diferentes y mis impresiones sobre cada una. En la primera parte hablaré de ellas sin spoilers destripes, mientras que en la segunda parte seré más específico sobre ciertas escenas.

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