Nada es para tanto y Todo está permitido, de Óscar de la Borbolla

Las novelas que dan título a esta entrada conforman una dualidad indisoluble. Aunque distintas en trama y personajes, las mismas líneas de pensamiento y los mismos temas las permean y les dan forma y sentido. Son historias con un alto contenido sexual: hubo momentos en los que temí encontrarme con que una de las páginas se había endurecido tras recibir semejante cantidad de semen entre sus párrafos, o peor: que tras dar vuelta a la hoja, la siguiente estuviera aún húmeda tras el encuentro carnal de los personajes.

Bajo la capa sexual, bajo todo ese entramado de muslos y piernas, brazos desnudos, tetas colgantes, falos erectos, culos horadados y vaginas enrojecidas; bajo los litros y litros de fluidos que barnizan los cuerpos, aplicados por habilidosas lenguas como brochas, que van regando de aquí para allá la mescolanza surgida de penes y vulvas y que llegan al último centímetro cuadrado de piel; bajo todo eso yace un reclamo, un grito que demanda identidad y libertad, una consigna que exclama “yo soy” y “yo quiero”.

Elegí hablar en la misma entrada de Nada es para tanto y Todo está permitido porque, como dije en el primer párrafo, forman una dupla, porque leí una tras otra y porque la edición que tengo de ambas novelas es una que las conjunta en el mismo libro. En esta entrada contaré un poco de qué tratan, por qué se parecen, en qué son diferentes y mis impresiones sobre cada una. En la primera parte hablaré de ellas sin spoilers destripes, mientras que en la segunda parte seré más específico sobre ciertas escenas.

Sección sin spoilers destripes

Lo primero que salta a la vista, en ambas novelas, es el estilo del autor. Óscar de la Borbolla es un escritor que ha desarrollado un estilo inconfundible: humor ácido e irreverente, con un color de voz netamente mexicano, incluso chilango; una manera de amalgamar fuertes imágenes poéticas con jerga de barrio, conceptos filosóficos duros con situaciones ridículas e hilarantes; la descripción alterna con los diálogos sin acotaciones. Es un estilo que me agrada sobremanera.

Nada es para tanto cuenta la historia de Gabriel, un muchacho que escapa a la tradición familiar de ejercer de peluquero para meterse al lucrativo negocio de la prostitución; Gabriela, la protagonista de Todo está permitido, es una chica que desde temprana edad ha descubierto en el sexo un medio para ejercer el poder.

Gabriel y Gabriela comparten más que el nombre: es común a ambos el deseo de ser libres, de escapar a una cotidianidad que los enferma y abruma, de darle la espalda (o el pene, o las nalgas) a una sociedad hipócrita y cruel, que se complace en las desventuras del poco avispado. Sus historias son las de dos solitarios, dos parias incapaces de acceder a la buena vida que les es dado degustar; la rebeldía en ambos se manifiesta con la apropiación plena de sus cuerpos, pues nada más tienen, y el uso de los mismos tanto para el goce como para la obtención de sus objetivos.

Todo está permitido me gustó más que Nada es para tanto; la historia de la primera es más entretenida que la segunda, también el oficio del autor se nota más desarrollado. Recomiendo leer ambas novelas de manera seguida, para no perder el sabor que queda tras empaparse de ambas lecturas.

Sección con destripes

Me parece que en estas novelas hay una escena memorable por lo absurdo de la misma: la escena de la mantarraya en Nada es para tanto y la de las avestruces en Todo está permitido. En la primera vemos a Gabriel acostándose con una mujer vieja que usa faja y tan entrada en carnes que, cuando retira la camisa de fuerza que la constriñe, es como si una oleada de pliegues cayera sobre Gabriel: una mantarraya vieja y lujuriosa. La calidad descriptiva del autor logró que la escena fuera tan vívida que me dio —literalmente— asco. El recurso del absurdo es algo que De la Borbolla sabe utilizar con maestría, eso queda claro. En Todo está permitido, por ejemplo, encontramos a un excéntrico millonario de algún país árabe que llega al lupanar donde trabaja Gabriela con el objetivo de cumplir una de sus fantasías: cogerse a una avestruz. La madame de la casa de putas acuerda —vía un intérprete y un abogado— los términos en que las prostitutas volverán dicha fantasía una realidad. Resulta sumamente cómico y asombroso ver la manera en que el autor logra que una idea tan ridícula encaje perfectamente en la novela y que aporte en la construcción de la historia que se desenvuelve frente a nosotros. Más aún: resulta inquietante que De la Borbolla consiga volver erótica la escena de las avestruces.

Otro punto por el cual disfruté más de Todo está permitido es que el final de Nada es para tanto me pareció muy flojo, aunque quizás peco de quisquilloso. En la última escena de la novela Gabriel echa a andar tranquilamente, ríe y dice: “Nada es para tanto”. Ese final no me gusta, no sé por qué. Usar el título de manera directa en el final me parece como si De la Borbolla hubiera querido decir: “por si no les queda claro, les recuerdo que el mensaje de la novela es este”. No me gusta. Únicamente cambiaría ese hecho, lo dejaría como: “Gabriel echó a andar, riéndose a carcajadas”. Punto final. Por todo el desarrollo de la trama y la transformación que vemos en Gabriel nos queda claro que, en efecto, nada es para tanto. No veo necesidad de explicarlo.

Lo anterior no quita mérito a la novela, por supuesto. Es una peccata minuta, una cosita sin importancia. En cuanto a Todo está permitido hay una cosa que me fascinó por cómo fue manejada: cuando el narrador (el autor) rompe la cuarta pared y nos habla a nosotros, los lectores, de cómo Gabriela se le escapa de las manos y hace lo que quiere, contraviniendo incluso a los designios de la pluma que le ha dado vida. El autor se ve en problemas para mantener a Gabriela dentro de la historia que ha pensado para ella y en varias ocasiones es obligado a inventar estratagemas para proteger a su personaje, quien hace lo que le sale del coño, como quien dice. La metaficción en la novela me pareció un gran acierto, le agrega mucho valor al texto.

Comentarios finales (sin destripes)

Me convenció totalmente la fórmula que utiliza De la Borbolla para estas novelas: erotismo, sexo, deseo de libertad e independencia, agudas observaciones filosóficas y jerga chilanga, situaciones estiradas hasta el absurdo y, además, un fuerte mensaje sobre lo jodidamente difícil que es estar vivo y las actitudes que tomamos para enfrentar ese hecho.

Son novelas ligeras, que se leen con gusto (y probablemente con deseo), que no por ser digeribles son menos densas: el filósofo está presente en todo momento. Me gustaron mucho, recomiendo leerlas y quizás —quizás, en un futuro lejano, porque es una de las promesas más incumplidas en la historia de las promesas— las relea pronto. Si ya las han leído me gustaría saber qué opinan de ellas.

3 comentarios en “Nada es para tanto y Todo está permitido, de Óscar de la Borbolla

  1. Me parece que “mordaz” es la palabra precisa, tienes toda la razón. Me sorprende y me inquieta que en ambas novelas De la Borbolla consigue que situaciones terribles nos parezcan divertidas y hasta deseables. Es algo que me gusta mucho de su estilo. Es un cabrón: sabe perfectamente cómo extraer la cochambre de la freidora de nuestra mente y ofrecerla como un platillo apetitoso.

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