Bregar entre las antípodas de las redes sociales I: cámaras de eco, odio y doblepensamiento

Disclaimer

1. Antes de proseguir con la redacción de esta entrada, quiero aclarar un punto que me parece pertinente. «Redes sociales» es un término que no me gusta, pues me remite a una idea de interacción social no necesariamente basada en el Internet. Al conjunto de plataformas, procesos, ambientes y marcas que comúnmente asociamos con el término «redes sociales» prefiero agregar el apelativo de «virtuales». Hablaré, por lo tanto, de redes sociales virtuales.

2. Ligeros destripes de 1984, de George Orwell.

Ahora que he vuelto a abrir una cuenta de Twitter, me quedé pensando en la turbulenta relación que tengo con las redes sociales virtuales. Pa’ pronto: las detesto, y no puedo dejar de utilizarlas.

Estoy convencido de que hay dos razones fundamentales por las que pensar en redes sociales virtuales me provoca tanta repulsión como un filete estropeado dentro del refrigerador. La primera: la lectura que realicé de la novela de George Orwell, 1984, en mis años de preparatoria. Dos: mi temperamento retraído.

Orwell y las cámaras de eco

1984 es una de las lecturas que más me han impactado en la vida. Podría escribir decir muchísimas cosas sobre esa novela y quienes me conocieron en cierta época pueden dar fe y testimonio de que, de hecho, lo hice. Creo que me volví una suerte de obseso al pensar en los conceptos que Orwell expone en 1984.

De tales conceptos me interesan específicamente dos: los dos minutos de odio y el doblepensamiento. Desde mi punto de vista tales ideas se relacionan directamente con el fenómeno de las cámaras de eco que vemos hoy en día en las redes sociales virtuales. El concepto es simple: una idea es emitida por algún ente; las personas cuyo sistema de creencias encaja con dicha idea la reproducen, logrando que más personas con el mismo sistema de creencias la reproduzcan a su vez, lo cual refuerza el sistema de creencias previamente establecido, imposibilitando el diálogo con sistemas distintos y generando una sensación de pertenencia a un grupo o tribu. De ahí el nombre: es como si las ideas rebotaran en un espacio cerrado, amplificándose continuamente.

Esto conduce, invariablemente, a la polarización del discurso. Es algo que me parece sumamente peligroso en sí mismo, pero tras observar el comportamiento del virtualero promedio me quedo con poco más que ninguna esperanza en que las redes sociales virtuales nos lleven a buen puerto.

Los dos minutos de odio

La violencia es un corolario de la radicalización. Lo menciona Orwell en 1984 y ejemplos tenemos a lo largo de toda la historia humana. Posturas opuestas, ver al otro como el otro, el enemigo, el contrincante, desata una respuesta automática del ser humano: agruparse con los semejantes y destruir a los diferentes. En 1984 tenemos un ejemplo que me parece genial. El Partido, dueño absoluto del poder en Oceanía, mantiene una estrategia para polarizar a la población y mantenerla leal al aparato estatal: en un acto público, como si de una película al aire libre se tratara, azuza a los asistentes en contra de alguien a quien ha señalado previamente como el enemigo. La reacción de los espectadores es brutal: se desgañitan en insultos y amenazas contra el chivo expiatorio y es a todas luces evidente que, de tenerlo frente a ellos, lo descuartizarían sin dudar un momento.

Doblepensamiento

Doblepensar es la capacidad de sostener al mismo tiempo dos ideas mutuamente excluyentes y creer firmemente en ambas como verdaderas. En principio parece algo no solamente contraintuitivo, sino hasta imposible, pero cuando buscamos ejemplos de esto en la vida real nos percatamos pronto de que en realidad es algo muy común. Las personas, puesto que no pensamos de manera lógica —si es que acaso pensamos1—, construimos nuestros sistemas de creencias esencialmente con base en nuestras emociones y somos capaces de torcer y hasta destruir la realidad en el afán de hacerla encajar con lo que creemos que es.

Esta entrada se haría fastidiosamente extensa si me pusiera a enlistar ejemplos de doblepensamiento, por lo que si desean adentrarse en el concepto, ¡lean 1984!

La pestilencia de las redes sociales virtuales

Cuando aderezamos las cámaras de eco de las redes sociales virtuales con odio y doblepensamiento obtenemos un guiso de tal fetidez que provocaría arcadas al más hambriento de los buitres. Me resulta sumamente repugnante ver el nivel de estulticia, degradación y violencia gratuitas al que se llega cuando uno navega brevemente por Twitter, Facebook, Instagram o la que gusten. Esa es la pestilencia que rehúyo y de la que empecé a ser consciente tras leer a Orwell. También es cierto que he caído incontables veces en la trampa de las redes sociales virtuales, ¿y cómo no hacerlo? ¿Cómo podría el virtualero promedio abstraerse de sus emociones y navegar Internet con base únicamente en la razón, el diálogo y los argumentos, si sabemos que por regla general los seres humanos no pensamos? ¿Cuál es la solución entonces?

Antes de siquiera intentar responder esa pregunta hablaré del segundo punto que mencioné al inicio: mi temperamento retraído. Esto se conecta también con otro famoso concepto de Orwell: el Gran Hermano. Hablaré un poco de paranoia, privacidad y ostracismo digital, pero eso será en la siguiente entrada.


1. Para profundizar en esta idea lean «La rebeldía de pensar», de Óscar de la Borbolla

Escribir en lo que llega la muerte

La espera

¿Qué tienen en común la fila de las tortillas, la antesala del dentista y el mensaje de nuestro amigo impuntual: «llego en cinco minutos»?

Que estas situaciones implican una espera. Las esperas suponen la existencia de un sujeto —el que espera— y un objeto —lo esperado—. Ya sean las tortillas, el turno para ser atendido por el dentista o el amigo que siempre llega tarde, a todos nos toca en algún momento esperar a que ocurra algo.

Esperar es aburrido. Constantemente buscamos maneras de pasar el tiempo mientras esperamos: jugamos algún juego en el celular, leemos un libro, conversamos, contamos los autos amarillos que pasan por la calle. Estamos atentos todo el tiempo a nuevas maneras de distraernos y olvidar el hecho de que estamos esperando.

Sigue leyendo

El secreto del fuego, de Henning Mankell

Distingo dos literaturas de Henning Mankell: la novela negra y la literatura de denuncia —a falta de un término más apropiado. Ahora me asalta una pregunta: ¿es la novela negra una manifestación de la literatura de denuncia? No lo sé. Lo que sí es claro es que, aunque sean ambas denunciantes, no son la misma cosa; no en el caso de Mankell, por lo menos.

El secreto del fuego es un ejemplo de la literatura de denuncia de Henning Mankell. Nos habla de África, específicamente de Mozambique, y de la historia de una pequeña niña que se ve enfrentada demasiado pronto en la vida a la crudeza de la realidad. El mundo comete grandes injusticias, está lleno de males innecesarios y mi responsabilidad es reaccionar, decía Mankell. Fruto de esa convicción escribió libros que nos hablan de esas injusticias, particularmente las que tienen lugar en África, continente que Mankell tenía siempre en el corazón y en el que vivía durante la mitad del año.

Una de esas historias es la de Sofia.

Sigue leyendo

El futuro no será de nadie, de Óscar de la Borbolla

Me gusta un chingo el estilo de Óscar de la Borbolla. Esa manera de escribir sin diálogos convencionales, de entretejer el diálogo con la descripción de forma que el entramado se sostiene y se distingue claramente cuando habla uno u otro personaje sin necesidad de meter acotaciones, sin la cantinela de “dijo”, “respondió”, “arguyó”, “terció”, etcétera; esa manera de escribir le otorga a la lectura una sensación de intimidad, de entrañabilidad, porque el diálogo, la descripción y las opiniones del narrador se entrañan en el lector y se enriquecen con las propias observaciones de este último, todo es de una naturalidad que, aunque muy extraña al inicio —por poco común—, pronto permite avanzar la lectura aceleradamente.

El futuro no será de nadie es una novela que nos cuenta la historia de Pablo, un matemático venido a menos que navega las aguas mansas de un matrimonio pálido y repetitivo y un empleo desmoralizante en una compañía de seguros. Hasta que conoce a Lola.

Sigue leyendo

Nada es para tanto y Todo está permitido, de Óscar de la Borbolla

Las novelas que dan título a esta entrada conforman una dualidad indisoluble. Aunque distintas en trama y personajes, las mismas líneas de pensamiento y los mismos temas las permean y les dan forma y sentido. Son historias con un alto contenido sexual: hubo momentos en los que temí encontrarme con que una de las páginas se había endurecido tras recibir semejante cantidad de semen entre sus párrafos, o peor: que tras dar vuelta a la hoja, la siguiente estuviera aún húmeda tras el encuentro carnal de los personajes.

Bajo la capa sexual, bajo todo ese entramado de muslos y piernas, brazos desnudos, tetas colgantes, falos erectos, culos horadados y vaginas enrojecidas; bajo los litros y litros de fluidos que barnizan los cuerpos, aplicados por habilidosas lenguas como brochas, que van regando de aquí para allá la mescolanza surgida de penes y vulvas y que llegan al último centímetro cuadrado de piel; bajo todo eso yace un reclamo, un grito que demanda identidad y libertad, una consigna que exclama “yo soy” y “yo quiero”.

Elegí hablar en la misma entrada de Nada es para tanto y Todo está permitido porque, como dije en el primer párrafo, forman una dupla, porque leí una tras otra y porque la edición que tengo de ambas novelas es una que las conjunta en el mismo libro. En esta entrada contaré un poco de qué tratan, por qué se parecen, en qué son diferentes y mis impresiones sobre cada una. En la primera parte hablaré de ellas sin spoilers destripes, mientras que en la segunda parte seré más específico sobre ciertas escenas.

Sigue leyendo