Breve apunte sobre escribir

Escribir es una necesidad tan acuciante como comer o fornicar. En una palabra: fisiológica. La diferencia con las dos últimas es que resulta mucho más complicado satisfacer la primera: el hambre desaparece con cualquier guiso, fritura, alimento chatarra; el deseo carnal no exige más que otro ser dispuesto a satisfacer su propio deseo con uno, en su defecto un poco de onanismo alivia la libido; el deseo de escribir, en cambio, no puede satisfacerse de cualquier manera; si no se hace bien, si el producto resultante no cumple con nuestras expectativas, si lo que leemos nos repugna —pues algo de buen gusto tenemos, no por nada somos lectores—, será contraproducente: el deseo persistirá, acompañado esta vez de un regusto a mal tabaco: el mismo acto de escribir, en su momento, nos procuró placer; ahora, en las postrimerías del ejercicio, nos sentimos agotados, pastosos, avergonzados de la sarta interminable de sandeces que hemos osado plasmar en mala hora, convencidos de que más valía quedarse con las ganas y no intentar nada. Es en ese punto cuando la necesidad de escribir aflora nuevamente. No es posible negar lo fisiológico.

Bregar entre las antípodas de las redes sociales I: cámaras de eco, odio y doblepensamiento

Disclaimer

1. Antes de proseguir con la redacción de esta entrada, quiero aclarar un punto que me parece pertinente. «Redes sociales» es un término que no me gusta, pues me remite a una idea de interacción social no necesariamente basada en el Internet. Al conjunto de plataformas, procesos, ambientes y marcas que comúnmente asociamos con el término «redes sociales» prefiero agregar el apelativo de «virtuales». Hablaré, por lo tanto, de redes sociales virtuales.

2. Ligeros destripes de 1984, de George Orwell.

Ahora que he vuelto a abrir una cuenta de Twitter, me quedé pensando en la turbulenta relación que tengo con las redes sociales virtuales. Pa’ pronto: las detesto, y no puedo dejar de utilizarlas.

Estoy convencido de que hay dos razones fundamentales por las que pensar en redes sociales virtuales me provoca tanta repulsión como un filete estropeado dentro del refrigerador. La primera: la lectura que realicé de la novela de George Orwell, 1984, en mis años de preparatoria. Dos: mi temperamento retraído.

Orwell y las cámaras de eco

1984 es una de las lecturas que más me han impactado en la vida. Podría escribir decir muchísimas cosas sobre esa novela y quienes me conocieron en cierta época pueden dar fe y testimonio de que, de hecho, lo hice. Creo que me volví una suerte de obseso al pensar en los conceptos que Orwell expone en 1984.

De tales conceptos me interesan específicamente dos: los dos minutos de odio y el doblepensamiento. Desde mi punto de vista tales ideas se relacionan directamente con el fenómeno de las cámaras de eco que vemos hoy en día en las redes sociales virtuales. El concepto es simple: una idea es emitida por algún ente; las personas cuyo sistema de creencias encaja con dicha idea la reproducen, logrando que más personas con el mismo sistema de creencias la reproduzcan a su vez, lo cual refuerza el sistema de creencias previamente establecido, imposibilitando el diálogo con sistemas distintos y generando una sensación de pertenencia a un grupo o tribu. De ahí el nombre: es como si las ideas rebotaran en un espacio cerrado, amplificándose continuamente.

Esto conduce, invariablemente, a la polarización del discurso. Es algo que me parece sumamente peligroso en sí mismo, pero tras observar el comportamiento del virtualero promedio me quedo con poco más que ninguna esperanza en que las redes sociales virtuales nos lleven a buen puerto.

Los dos minutos de odio

La violencia es un corolario de la radicalización. Lo menciona Orwell en 1984 y ejemplos tenemos a lo largo de toda la historia humana. Posturas opuestas, ver al otro como el otro, el enemigo, el contrincante, desata una respuesta automática del ser humano: agruparse con los semejantes y destruir a los diferentes. En 1984 tenemos un ejemplo que me parece genial. El Partido, dueño absoluto del poder en Oceanía, mantiene una estrategia para polarizar a la población y mantenerla leal al aparato estatal: en un acto público, como si de una película al aire libre se tratara, azuza a los asistentes en contra de alguien a quien ha señalado previamente como el enemigo. La reacción de los espectadores es brutal: se desgañitan en insultos y amenazas contra el chivo expiatorio y es a todas luces evidente que, de tenerlo frente a ellos, lo descuartizarían sin dudar un momento.

Doblepensamiento

Doblepensar es la capacidad de sostener al mismo tiempo dos ideas mutuamente excluyentes y creer firmemente en ambas como verdaderas. En principio parece algo no solamente contraintuitivo, sino hasta imposible, pero cuando buscamos ejemplos de esto en la vida real nos percatamos pronto de que en realidad es algo muy común. Las personas, puesto que no pensamos de manera lógica —si es que acaso pensamos1—, construimos nuestros sistemas de creencias esencialmente con base en nuestras emociones y somos capaces de torcer y hasta destruir la realidad en el afán de hacerla encajar con lo que creemos que es.

Esta entrada se haría fastidiosamente extensa si me pusiera a enlistar ejemplos de doblepensamiento, por lo que si desean adentrarse en el concepto, ¡lean 1984!

La pestilencia de las redes sociales virtuales

Cuando aderezamos las cámaras de eco de las redes sociales virtuales con odio y doblepensamiento obtenemos un guiso de tal fetidez que provocaría arcadas al más hambriento de los buitres. Me resulta sumamente repugnante ver el nivel de estulticia, degradación y violencia gratuitas al que se llega cuando uno navega brevemente por Twitter, Facebook, Instagram o la que gusten. Esa es la pestilencia que rehúyo y de la que empecé a ser consciente tras leer a Orwell. También es cierto que he caído incontables veces en la trampa de las redes sociales virtuales, ¿y cómo no hacerlo? ¿Cómo podría el virtualero promedio abstraerse de sus emociones y navegar Internet con base únicamente en la razón, el diálogo y los argumentos, si sabemos que por regla general los seres humanos no pensamos? ¿Cuál es la solución entonces?

Antes de siquiera intentar responder esa pregunta hablaré del segundo punto que mencioné al inicio: mi temperamento retraído. Esto se conecta también con otro famoso concepto de Orwell: el Gran Hermano. Hablaré un poco de paranoia, privacidad y ostracismo digital, pero eso será en la siguiente entrada.


1. Para profundizar en esta idea lean «La rebeldía de pensar», de Óscar de la Borbolla

Escribir en lo que llega la muerte

La espera

¿Qué tienen en común la fila de las tortillas, la antesala del dentista y el mensaje de nuestro amigo impuntual: «llego en cinco minutos»?

Que estas situaciones implican una espera. Las esperas suponen la existencia de un sujeto —el que espera— y un objeto —lo esperado—. Ya sean las tortillas, el turno para ser atendido por el dentista o el amigo que siempre llega tarde, a todos nos toca en algún momento esperar a que ocurra algo.

Esperar es aburrido. Constantemente buscamos maneras de pasar el tiempo mientras esperamos: jugamos algún juego en el celular, leemos un libro, conversamos, contamos los autos amarillos que pasan por la calle. Estamos atentos todo el tiempo a nuevas maneras de distraernos y olvidar el hecho de que estamos esperando.

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Ábrase en caso de que me muera

La muerte es una idea que hice propia desde que tengo uso de razón. Me aterra. Como ateo que soy, creo en que esto es todo. No hay un más allá. Cuando uno se muere, es como si uno nunca hubiera existido. Es un pensamiento horrible.

No temo a la muerte en sí misma, como suceso. Temo al vacío. A esa pérdida definitiva de la consciencia que supone la muerte, de la que diariamente degustamos un poco mientras dormimos. Dormir es el entrenamiento para reconciliarnos con la idea del insondable vacío.

Hay ocasiones en las que de la nada me golpea la inexorable certeza de que voy a morir. Es entonces cuando mi imaginación hace un esfuerzo sobrehumano para tratar de dar sentido a… la nada. Frente a lo inefable, queda la impotencia. Y el terror. El ser humano es incapaz de concebir la nada, no digamos ya de describirla. A decir verdad, es ridículo intentarlo. Epicuro dijo:

La muerte es una quimera: porque mientras yo existo, no existe la muerte; y cuando existe la muerte, ya no existo yo.

Epicuro de Samos

Parafraseando: la muerte, que no es otra cosa que la nada, es incompatible con el ser —con el yo, conmigo—; por tanto, no es posible concebirla. Lo concebible está delimitado por nuestra experiencia previa y, me temo, la muerte —la propia, aclaro, porque la ajena nos es muy familiar— nunca formará parte de lo cognoscible.

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Reflexiones desde el encierro

Durante 2017 trabajé en una empresa que tenía proyectado un ambicioso plan. La estructura, los deadline, las metas, los objetivos; todo estaba perfectamente definido, medido y reportado. El destino: 2020.

A inicios de 2018 dejé de trabajar en dicha empresa y a finales del mismo año encontré trabajo en otra. Aunque ambas empresas tenían poco en común (giro del negocio, país de origen, cultura empresarial, entre otras cosas más), compartían una meta: 2020.

Planes, proyectos, esquemas, diagramas de flujo. Todo para hacer de 2020 un año de éxitos, de lanzamiento de productos, de nuevas alianzas, adquisiciones, métricas.

Llegó 2020.

Y el año —o, mejor dicho, la vida— se encargó de demostrarnos una vez más la validez de aquel famoso dicho que reza:

El hombre propone y Dios dispone

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