Escribir en lo que llega la muerte

La espera

¿Qué tienen en común la fila de las tortillas, la antesala del dentista y el mensaje de nuestro amigo impuntual: «llego en cinco minutos»?

Que estas situaciones implican una espera. Las esperas suponen la existencia de un sujeto —el que espera— y un objeto —lo esperado—. Ya sean las tortillas, el turno para ser atendido por el dentista o el amigo que siempre llega tarde, a todos nos toca en algún momento esperar a que ocurra algo.

Esperar es aburrido. Constantemente buscamos maneras de pasar el tiempo mientras esperamos: jugamos algún juego en el celular, leemos un libro, conversamos, contamos los autos amarillos que pasan por la calle. Estamos atentos todo el tiempo a nuevas maneras de distraernos y olvidar el hecho de que estamos esperando.

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Ábrase en caso de que me muera

La muerte es una idea que hice propia desde que tengo uso de razón. Me aterra. Como ateo que soy, creo en que esto es todo. No hay un más allá. Cuando uno se muere, es como si uno nunca hubiera existido. Es un pensamiento horrible.

No temo a la muerte en sí misma, como suceso. Temo al vacío. A esa pérdida definitiva de la consciencia que supone la muerte, de la que diariamente degustamos un poco mientras dormimos. Dormir es el entrenamiento para reconciliarnos con la idea del insondable vacío.

Hay ocasiones en las que de la nada me golpea la inexorable certeza de que voy a morir. Es entonces cuando mi imaginación hace un esfuerzo sobrehumano para tratar de dar sentido a… la nada. Frente a lo inefable, queda la impotencia. Y el terror. El ser humano es incapaz de concebir la nada, no digamos ya de describirla. A decir verdad, es ridículo intentarlo. Epicuro dijo:

La muerte es una quimera: porque mientras yo existo, no existe la muerte; y cuando existe la muerte, ya no existo yo.

Epicuro de Samos

Parafraseando: la muerte, que no es otra cosa que la nada, es incompatible con el ser —con el yo, conmigo—; por tanto, no es posible concebirla. Lo concebible está delimitado por nuestra experiencia previa y, me temo, la muerte —la propia, aclaro, porque la ajena nos es muy familiar— nunca formará parte de lo cognoscible.

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Reflexiones desde el encierro

Durante 2017 trabajé en una empresa que tenía proyectado un ambicioso plan. La estructura, los deadline, las metas, los objetivos; todo estaba perfectamente definido, medido y reportado. El destino: 2020.

A inicios de 2018 dejé de trabajar en dicha empresa y a finales del mismo año encontré trabajo en otra. Aunque ambas empresas tenían poco en común (giro del negocio, país de origen, cultura empresarial, entre otras cosas más), compartían una meta: 2020.

Planes, proyectos, esquemas, diagramas de flujo. Todo para hacer de 2020 un año de éxitos, de lanzamiento de productos, de nuevas alianzas, adquisiciones, métricas.

Llegó 2020.

Y el año —o, mejor dicho, la vida— se encargó de demostrarnos una vez más la validez de aquel famoso dicho que reza:

El hombre propone y Dios dispone

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Lo que he aprendido en estos años de escritura

Quizás el título de esta entrada suene pretencioso. En mi defensa diré que titular textos es el equivalente narrativo de nombrar variables en programación: es algo necesario, terriblemente difícil y para lo cual no soy bueno.

Entonces: no estoy diciendo que sea bueno escribiendo, solamente que llevo ya un tiempo haciéndolo. Así de simple.

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El Quiróptero Amanuense cumple dos años

Hace dos años que publiqué la primera entrada de este blog. A decir verdad estoy un poco sorprendido de que este pequeño proyecto personal siga vivo después de veinticuatro meses. Supongo que dicho desconcierto en parte se debe a que este no es el primer blog que tengo y a que sus antecesores terminaron abandonados invariablemente. Sea como sea he de decir que me siento feliz, tener un sitio propio al que recurrir cuando lo necesito o cuando deseo decir algo me causa una dicha que no soy capaz de plasmar en palabras.

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