El gato al que le gustaba la lluvia, de Henning Mankell

A Lukas le regalan un gatito negro —con la punta de la cola blanca— por su cumpleaños número seis. Pronto se encariña con el felino y aprende a convivir con él, a servirle comida en su platito cuando tiene hambre, a reconocer los lugares donde acostumbra esconderse. El diálogo interno de Lukas da cuenta del amor que el niño comienza a sentir por su nueva mascota, con quien duerme cara a cara. “Te tengo a ti”, dice Lukas a su gatito.

Un día, el gatito desaparece.

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La madre del metro y otros cuentos, de Óscar de la Borbolla

Óscar de la Borbolla se ha convertido en uno de mis autores contemporáneos favoritos por su estilo socarrón, la habilidad técnica con la que entremezcla lenguaje llano y culto, la rebeldía intelectual con la que enfrenta dogmas y prejuicios. Recientemente leí su librito de relatos La madre del metro y otros cuentos, integrado por La madre del metro, La infancia interminable y Manual de lujuria.

Este librito, que es más bien un folleto, se lee en menos de una hora y, por supuesto, se disfruta demasiado.

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¿Deben ser fieles las adaptaciones cinematográficas de obras literarias?

Long story short:
No.

¡Esa película es un libro!

Cuando era pequeño y estaba adentrándome en el mundo literario, descubrí un hecho que me asombró: las películas (gran parte de ellas) estaban basadas en libros. Sucedía que, tras ver una película, me enteraba que estaba basada en alguna novela. Ocurrió con cintas como Jurassic Park, El planeta del tesoro, la saga de Harry Potter y la de Las crónicas de Narnia, El señor de los anillos, entre muchas otras. Esta revelación en seguida fue complementada con otra.

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Caminar, de Henry David Thoreau

Amo caminar.

Me encanta dar largos paseos sin aparente rumbo fijo, disfrutando de la ciudad, de sus calles, su gente, su arquitectura, sus sonidos. En muchas ocasiones, cuando tengo algo de tiempo libre, tuerzo mis rutas habituales, diseñadas con base en la eficiencia y la rapidez, y encamino mis pasos hacia zonas de la ciudad de las que disfruto mucho. Coyoacán, Chapultepec, Ciudad Universitaria, el centro histérico histórico de la ciudad: el Palacio de Bellas Artes, el Zócalo y la Catedral, la Biblioteca Vasconcelos, entre otros; son todos sitios que amo y hacia los cuales, invariablemente, me dirijo en mi deambular.

Caminar me ayuda mucho a darle cierto orden y sentido a las cavilaciones que suelen abrumarme. En no pocas ocasiones siento el pensar como un enorme zumbido, como si mis pensamientos devinieran en diminutos mosquitos que revolotearan dentro de mi cabeza. Al caminar siento como un alivio, como si el ejercicio mecánico de colocar un pie delante del otro y de recorrer una ruta (aunque no de forma consciente) me permitieran trasladar ese rumbo a mi mente y así encauzar mis razonamientos.

Una característica de estos paseos es que suelen ser extensos. Si he de llegar a algún sitio valoro si me es posible llegar caminando; en caso afirmativo, me pongo en marcha. Estas excursiones, en promedio, me toman entre una hora y media y dos horas a buen paso. La caminata más larga que he dado fue en septiembre de 2019. Llegué a Ciudad Universitaria, al sur de la Ciudad de México, tras recorrer poco más de 22 kilómetros, en poco más de 4 horas. Terminé con los pies destrozados y con una enorme satisfacción en el pecho.

En medio de la pandemia no me es posible caminar de la misma manera que antes, por razones obvias. Prácticamente no salgo de casa. Si tuviera que elegir una sola cosa que extraño de la época pre-pandemia, sería caminar.

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El Aleph, de Jorge Luis Borges

Mi primer acercamiento a la obra del argentino Jorge Luis Borges fue difícil. Nunca he leído algo similar. El estilo de Borges es sesudo, abundante en imágenes surrealistas y de una dificultad que parece deberse más a la estructura del texto que a las palabras empleadas en él.

Para empezar: nunca vi otro escritor que empleara de manera tan sistemática y elegante el punto y coma, un signo de puntuación que siempre me ha resultado esquivo y complicado de dominar. Borges lo emplea como si fuera lo más natural del mundo; su lectura me enseñó un par de lecciones al respecto.

Los cuentos que conforman El Aleph, más allá de la parte estilística, me parecen una delicia principalmente por dos razones: las imágenes que evocan y lo exóticos que se me antojan. Todavía no estoy muy seguro de cómo describir la sensación mágica que me provocó leer este libro. Me sentí adentrado en un mundo totalmente nuevo; como si me estuviera sumergiendo en una cultura ajena, lejana, rica, bulliciosa, con siglos de historia detrás. Las constantes digresiones eruditas que hace Borges en sus textos (ignoro si se trata de un ejercicio de ficción o de referencias auténticas) se me figuraban como escudriñar un antiguo y pesado volumen extraído del sótano de quién sabe cuál biblioteca perdida en un desierto.

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