¿Una de fantasmas?

Los estacionamientos se encuentran entre los sitios más anodinos que uno puede imaginar, quizás solamente por detrás de las oficinas de gobierno. Cuesta imaginarlos como escenarios de nada, casi cualquier otro sitio resulta más atractivo para situar acontecimientos: una casa abandonada, un sótano, una iglesia vacía, un bar; incluso un baño público parece ser mucho más propicio para albergar historias extrañas que un estacionamiento.

La historia que a continuación relataré tiene lugar, evidentemente, en un estacionamiento. Ignoro si el escenario en que se desarrolla contribuye a la verosimilitud del relato o si disminuye el cariz sobrenatural que, afirmo yo, tiene la historia.

Sigue leyendo “¿Una de fantasmas?”

Hay pueblos que son bonitos, pero este es chulo de veras

Yo nací en lo que antes se llamaba Distrito Federal y ahora es Ciudad de México. He vivido toda mi vida en un municipio del Estado de México y poco he conocido que no fuera la gran mancha urbana de este valle.

Mi mamá nació en un pueblo del Estado de México y mi papá en un pueblo de Michoacán. Desde que yo era pequeño soy consciente de la manera especial en que hablan mis padres sobre sus lugares de origen. Por mucho tiempo yo me sentí como alguien sin raíces, a pesar de que me encanta vivir el caos que es la megalópolis. Sentía que me hacía falta algo, un lugar al que pudiera llamar «mi tierra», algún sitio al que pudiera llegar con la sensación no de que lo estoy visitando, sino de que estoy volviendo después de un largo viaje.

Sigue leyendo “Hay pueblos que son bonitos, pero este es chulo de veras”

¡Échale, no hay falla!

Anécdota del metro

Son cerca de las 10 de la noche. La excepción de la norma: el vagón tiene poco espacio libre, mas no viene atestado. El metro se desplaza rápidamente y llega pronto a la estación de Mixiuhca. Unos pocos pasajeros se apean, son reemplazados sin dilación. El pitido que escupen unas bocinas decrépitas anuncia el inminente cierre de puertas. Poco antes del consecuente entrechocar de las láminas, dos pequeños niños se cuelan al vagón. El mayor tendrá unos siete u ocho años, viste ropas raídas y sucias que comparadas con su rostro parecen pulcras. El pequeño es apenas un mocoso, escasamente tendrá cuatro años. Su cara está tan limpia como la del otro rapaz. El mayor lo tiene fuertemente sujeto del hombro, en la otra mano carga una negra bolsa de plástico. El niño de la bolsa alza la mirada, suelta el hombro del chiquillo, dispuesto a vocear algo. Mas de inmediato abre los ojos con sorpresa, palidece y la aguda voz que ha estado a punto de surgir de su garganta muere en sus labios como un suspiro. Raudo, sujeta de nuevo al pequeño y cierra lentamente la bolsa negra. Frente a él, en la puerta opuesta, cinco policías discuten un asunto animadamente. Unas cuantas personas se interponen entre ellos y el par de niños. El chiquillo mira extrañado al niño de la bolsa, quien hace un gesto discreto para que el otro guarde silencio. Los policías ya se han percatado de la presencia de los dos vagoneritos, aunque por el momento no han mostrado mayor interés. Una fugaz sonrisa ha aparecido en el semblante de uno de los uniformados. La indecisión del niño mayor y su miedo son palpables. El vagón está silencioso, excepto por la conversación que sostienen los policías. Poco tiempo falta para que el metro llegue a la estación Velódromo. Entonces, uno de los policías exclama:

—Dale, no hay problema.

El niño de la bolsa observa extrañado al gendarme que ha hablado. Parece dudar, la desconfianza se asoma desde sus ojos. Abre la boca, la cierra. Vuelve a abrirla para cerrarla de inmediato. De nuevo, un poco más fuerte, se escucha la voz del policía:

—¡Échale, no hay falla!

En seguida se escucha una voz aflautada:

—Sí mire si lo prefiere se va a llevar el chocolate de marca de calidad a diez pesos viene calado chocolate de calidad solo diez pesos…

Caminar la ciudad

Para vivir la ciudad hay que caminarla, de eso no me cabe duda. Tengo la fortuna de vivir en una urbe que me obsequia con nuevas experiencias cada vez que doy un paseo. He pasado cientos de veces por la misma calle, pero estoy seguro que si levanto la vista más allá del horizonte encontraré algo que me asombre, intrigue o me haga reflexionar.

Caminar la ciudad de México es en sí una aventura. Al hacerlo uno se enfrenta a sus numerosos rostros, personajes y situaciones: desde el oficinista que va tarde al trabajo, pasando por el pordiosero de turno, los turistas que nunca faltan, el policía aterido bajo su viejo impermeable, los niños que venden dulces bajo la mirada indolente de una sociedad siempre en vilo. Las calles del centro atiborradas de automóviles desesperados cuyas roncas bocinas se mezclan con el agudo cantar del organillo y el bisbiseo resultante cuando se suman las voces y gritos de miles de gargantas.

Sigue leyendo “Caminar la ciudad”