Breve apunte sobre escribir

Escribir es una necesidad tan acuciante como comer o fornicar. En una palabra: fisiológica. La diferencia con las dos últimas es que resulta mucho más complicado satisfacer la primera: el hambre desaparece con cualquier guiso, fritura, alimento chatarra; el deseo carnal no exige más que otro ser dispuesto a satisfacer su propio deseo con uno, en su defecto un poco de onanismo alivia la libido; el deseo de escribir, en cambio, no puede satisfacerse de cualquier manera; si no se hace bien, si el producto resultante no cumple con nuestras expectativas, si lo que leemos nos repugna —pues algo de buen gusto tenemos, no por nada somos lectores—, será contraproducente: el deseo persistirá, acompañado esta vez de un regusto a mal tabaco: el mismo acto de escribir, en su momento, nos procuró placer; ahora, en las postrimerías del ejercicio, nos sentimos agotados, pastosos, avergonzados de la sarta interminable de sandeces que hemos osado plasmar en mala hora, convencidos de que más valía quedarse con las ganas y no intentar nada. Es en ese punto cuando la necesidad de escribir aflora nuevamente. No es posible negar lo fisiológico.

Escribir en lo que llega la muerte

La espera

¿Qué tienen en común la fila de las tortillas, la antesala del dentista y el mensaje de nuestro amigo impuntual: «llego en cinco minutos»?

Que estas situaciones implican una espera. Las esperas suponen la existencia de un sujeto —el que espera— y un objeto —lo esperado—. Ya sean las tortillas, el turno para ser atendido por el dentista o el amigo que siempre llega tarde, a todos nos toca en algún momento esperar a que ocurra algo.

Esperar es aburrido. Constantemente buscamos maneras de pasar el tiempo mientras esperamos: jugamos algún juego en el celular, leemos un libro, conversamos, contamos los autos amarillos que pasan por la calle. Estamos atentos todo el tiempo a nuevas maneras de distraernos y olvidar el hecho de que estamos esperando.

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