Moriré, pero mi memoria sobrevivirá, de Henning Mankell

Moriré, pero mi memoria sobrevivirá es, sin duda, el libro más crítico de una sociedad indolente que he leído de Henning Mankell. El escritor sueco era un feroz denunciante de lo que él llamaba “males innecesarios“. Sostenía que la gran mayoría de los problemas a los que se enfrenta la humanidad: pobreza, analfabetismo, hambre, etcétera; son innecesarios, evitables, que la única razón por la que no han sido erradicados es simple y llanamente porque no hemos querido.

Mankell vuelca esa convicción en el ensayo que ahora reseño. El activismo de Mankell se hace patente en sus novelas, de las que he leído varias ya, y era evidente para cualquiera que conociera su vida cotidiana: pasaba la mitad del año en África, dirigiendo un teatro local y conviviendo de cerca con las personas y las carencias, temores y dificultades a las que se veían expuestas todos los días. Sin embargo, creo que es este texto el que más agudo resulta al criticar los males innecesarios y al denunciar la parsimonia y falta de interés de un mundo a quien no interesan los menos afortunados.

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Ábrase en caso de que me muera

La muerte es una idea que hice propia desde que tengo uso de razón. Me aterra. Como ateo que soy, creo en que esto es todo. No hay un más allá. Cuando uno se muere, es como si uno nunca hubiera existido. Es un pensamiento horrible.

No temo a la muerte en sí misma, como suceso. Temo al vacío. A esa pérdida definitiva de la consciencia que supone la muerte, de la que diariamente degustamos un poco mientras dormimos. Dormir es el entrenamiento para reconciliarnos con la idea del insondable vacío.

Hay ocasiones en las que de la nada me golpea la inexorable certeza de que voy a morir. Es entonces cuando mi imaginación hace un esfuerzo sobrehumano para tratar de dar sentido a… la nada. Frente a lo inefable, queda la impotencia. Y el terror. El ser humano es incapaz de concebir la nada, no digamos ya de describirla. A decir verdad, es ridículo intentarlo. Epicuro dijo:

La muerte es una quimera: porque mientras yo existo, no existe la muerte; y cuando existe la muerte, ya no existo yo.

Epicuro de Samos

Parafraseando: la muerte, que no es otra cosa que la nada, es incompatible con el ser —con el yo, conmigo—; por tanto, no es posible concebirla. Lo concebible está delimitado por nuestra experiencia previa y, me temo, la muerte —la propia, aclaro, porque la ajena nos es muy familiar— nunca formará parte de lo cognoscible.

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