Moriré, pero mi memoria sobrevivirá, de Henning Mankell

Moriré, pero mi memoria sobrevivirá es, sin duda, el libro más crítico de una sociedad indolente que he leído de Henning Mankell. El escritor sueco era un feroz denunciante de lo que él llamaba “males innecesarios“. Sostenía que la gran mayoría de los problemas a los que se enfrenta la humanidad: pobreza, analfabetismo, hambre, etcétera; son innecesarios, evitables, que la única razón por la que no han sido erradicados es simple y llanamente porque no hemos querido.

Mankell vuelca esa convicción en el ensayo que ahora reseño. El activismo de Mankell se hace patente en sus novelas, de las que he leído varias ya, y era evidente para cualquiera que conociera su vida cotidiana: pasaba la mitad del año en África, dirigiendo un teatro local y conviviendo de cerca con las personas y las carencias, temores y dificultades a las que se veían expuestas todos los días. Sin embargo, creo que es este texto el que más agudo resulta al criticar los males innecesarios y al denunciar la parsimonia y falta de interés de un mundo a quien no interesan los menos afortunados.

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El gato al que le gustaba la lluvia, de Henning Mankell

A Lukas le regalan un gatito negro —con la punta de la cola blanca— por su cumpleaños número seis. Pronto se encariña con el felino y aprende a convivir con él, a servirle comida en su platito cuando tiene hambre, a reconocer los lugares donde acostumbra esconderse. El diálogo interno de Lukas da cuenta del amor que el niño comienza a sentir por su nueva mascota, con quien duerme cara a cara. “Te tengo a ti”, dice Lukas a su gatito.

Un día, el gatito desaparece.

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La madre del metro y otros cuentos, de Óscar de la Borbolla

Óscar de la Borbolla se ha convertido en uno de mis autores contemporáneos favoritos por su estilo socarrón, la habilidad técnica con la que entremezcla lenguaje llano y culto, la rebeldía intelectual con la que enfrenta dogmas y prejuicios. Recientemente leí su librito de relatos La madre del metro y otros cuentos, integrado por La madre del metro, La infancia interminable y Manual de lujuria.

Este librito, que es más bien un folleto, se lee en menos de una hora y, por supuesto, se disfruta demasiado.

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El Aleph, de Jorge Luis Borges

Mi primer acercamiento a la obra del argentino Jorge Luis Borges fue difícil. Nunca he leído algo similar. El estilo de Borges es sesudo, abundante en imágenes surrealistas y de una dificultad que parece deberse más a la estructura del texto que a las palabras empleadas en él.

Para empezar: nunca vi otro escritor que empleara de manera tan sistemática y elegante el punto y coma, un signo de puntuación que siempre me ha resultado esquivo y complicado de dominar. Borges lo emplea como si fuera lo más natural del mundo; su lectura me enseñó un par de lecciones al respecto.

Los cuentos que conforman El Aleph, más allá de la parte estilística, me parecen una delicia principalmente por dos razones: las imágenes que evocan y lo exóticos que se me antojan. Todavía no estoy muy seguro de cómo describir la sensación mágica que me provocó leer este libro. Me sentí adentrado en un mundo totalmente nuevo; como si me estuviera sumergiendo en una cultura ajena, lejana, rica, bulliciosa, con siglos de historia detrás. Las constantes digresiones eruditas que hace Borges en sus textos (ignoro si se trata de un ejercicio de ficción o de referencias auténticas) se me figuraban como escudriñar un antiguo y pesado volumen extraído del sótano de quién sabe cuál biblioteca perdida en un desierto.

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